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La Coctelera

Categoría: Poemas y relatos

Poemas y relatos Vomitados en el Bukowski

Spica

Acicálate bien

burbuja,

sal a despreciarlo

todo

a desperdiciarte…

Suben los violines:

agudo,

espada,

embarcadero de narices

muertas,

agudo.

Prolóngate bien

burbuja,

cacique...

bienvenido sea

tu carnaval:

Suben las montañas,

quieren trepar al cielo,

arañar las alas

de las cigüeñas;

esnifo todo lo que puedo.

Chasquea bien

burbuja,

déjame solo un rato más en mi desidia;

luciremos por la noche

como farolas

que nadie mira,

como cristales

que nadie enciende.

Dime si,

dime no,

dime que a lo mejor

soy yo el cadáver;

te siento tan pringosa

que podría lamerte

si mi espalda

no me lo impidiera.

Acaríciate bien

burbuja,

revienta,

revienta todo,

revienta cielo,

revienta el cielo,

revienta todo lo que quede detrás.

Por culpa de un retorcido sentido de supervivencia

no logro recordar nada de lo aprendido hasta esta misma

mañana,

ya no quiero burbujas…

prefiero las nueces.

Poemas y relatos

El Pequeño Melchor se lee solo

Tengo un cuento, hecho de muchos cuentos. Voy todos los domingos al Buko y leo algunos. Cada semana añadiré los que salgan en la misma entrada (por esa mierda del orden inverso que tienen los blog), espero os gusten, vengais a escuchar o alguien se ofrezca para ilustrarlo y publicarlo. Salud

Poemas y relatos Vomitados en el Bukowski

El Pequeño Melchor

El pequeño Melchor era pequeño, pequeño, mucho más pequeño que cualquier cosa pequeña que no pudiera existir; todos los días se acercaba a mi oído, se posaba suavemente y cerraba mis ojos...

 

 

 I

El pequeño Melchor vivía en una cebolla, y no paraba de llorar. Todo el mundo huía de su lado al contagiarse de su llanto; pero él vivía feliz en su cebolla, lejos de la gente y del ruido de los coches. Cuando iba por la calle, los demás niños se alejaban por culpa del fuerte olor, le gritaban y hasta le insultaban. Un día, cuando salió a dar un paseo, cortaron la  cebolla en rodajas y la sirvieron en ensalada; y Melchor se quedó sin casa. Entonces lloró y lloró e inundó toda la ciudad.

 

II

El pequeño Melchor quería subirse a una nube a la que no llegaba nadie, así que montó sobre la espalda de la Luna y saltó dando volteretas. Pero en vez de caer en la nube, cayó en un grandísimo charco; y Melchor se puso de barro hasta el cuello.

 

III

El pequeño Melchor era una cuchara de plata, y la gente lo besaba la hora de comer. Siempre estaba limpio y reluciente, y se pavoneaba en el cajón de los cubiertos, provocando hasta a los manteles con su soberbia. Una noche, un ladrón que entró en la casa lo metió en su saco y huyó por la ventana.  Melchor se despertó en el estante de una tienda rodeado de otros enseres; había cuchillos de oro con piedras engarzadas, tenedores de ébano con labrados en marfil. Melchor se dio cuenta de lo feo que era.

 

IV

El pequeño Melchor era un piojo que vivía en la oreja una vaca, le encantaba el  olor de la hierba y las flores, y todas las mañanas cuando salía a pasear al prado Melchor   le canturreaba y la vaca saltaba de alegría.  Eran muy amigos, porque la música de Melchor espantaba las moscas y ella se sentía más tranquila. Una de las mañanas, mientras la vaca trotaba contenta, unos hombres la vieron, y diciendo que estaba loca la llevaron al matadero; cuando le acercaron el cuchillo, la vaca mugió desesperada. Entonces Melchor le saltó en la cabeza al carnicero y le dio de picotazos.

 

V

Al pequeño Melchor se le cayó un dedo, y lo colocó bajo la almohada para que el Lagartito Gómez le trajera golosinas. Soñó con montañas de caramelo, con ríos de helado de vainilla y con edificios algodón azucarado; pero Lagartito Gómez no le trajo nada. Probó suerte una noche más; se acostó y pensó en galletas de fresa, de esas que tanto le gustaban, pero el Lagartito Gómez seguía sin aparecer. Lo intentó por tercera vez; se metió en la cama, esperó con el párpado entreabierto, y tuvo que levantarse de madrugada para tirar el dedo a la basura. Empezaba a  oler a podrido.

 

VI

El pequeño Melchor era el satélite de un planeta lejano; los hombres de la tierra descubrieron su existencia y le dieron nombre de diosa griega. Cuando Melchor se enteró les gritó a  todos desde el espacio: -¡¿para que quiero un nombre si nadie me va a llamar?!

 

VII

El pequeño Melchor era una hipérbole y todo el mundo exclamaba al verlo. Le gustaba pasearse por el cielo y acrecentar las nubes, cruzar por los campos y crear flores gigantes. Un día rozó sin querer un hormiguero, y  una hormiga de cinco metros aplastó la carretera.

 

VIII

El pequeño Melchor trajo miel para todos, la guardo en frascos iguales y etiquetó las tapaderas con los nombres de todos sus amigos. Después fue puerta por puerta y se los fue entregando personalmente; a cambio, sus amigos le acariciaban el pelo y le besaban las mejillas. Las 1352 picaduras y media que el pequeño Melchor tenía por toda la espalda habían merecido la pena; aquella era la miel más rica del mundo. De vuelta a su cocina se preparo una tostada para saborearla, cuando se dio cuenta de que no había guardado un bote para él, y lo que era más grave todavía: sabía perfectamente que a ninguno de sus amigos les gustaba la miel. 

 

IX

El pequeño Melchor se fue de excursión a los campos, y buscó una flor que llevarse de recuerdo; eligió una azul, pequeña, pero graciosa. Una rosa que estaba a su lado le dijo:

-¿Qué haces cogiendo ese hierbajo?, ¿No sabes quién soy yo? Mi perfume puede embriagar a cualquiera allá donde vaya...

Melchor se encogió de hombros y siguió con su camino. Una margarita que lo escuchó, le dijo:

-       ¿Y yo?, ¿No sabes que cuando el sol me ilumina, mi blanco reluce allá donde vaya?...

Melchor sonrió educadamente, y con disimulo se alejó de allí, cuando una orquídea le gritó desde lejos:

-       ¿Qué pasa conmigo? Tengo el poder de hacer feliz al que me admira; soy la perfección consumada...

Melchor huyó de allí asustado y volvió a su casa, donde puso la flor azul en un jarrón  junto a la ventana. La gente que pasaba la miraba con indiferencia; pero una vecina curiosa se acercó y le preguntó:

-       Perdona... – dijo con picardía-  Pero, con tanta flor hermosa que habrás visto ¿porque has escogido ésta?

Melchor acarició su flor con ternura, la miró bien, y lleno de convencimiento le contestó:

-       No lo sé.

 

X

El pequeño Melchor se compró un trocito de viento metido en un frasco. Siempre lo llevaba con él, y cuando tenía calor lo abría un poco para refrescarse; hasta que se le gastó. Entonces ahorró mucho dinero y se compró un tarro más grande que le duraría mucho más y que pesaba demasiado...

 

XI

El pequeño Melchor no tenía dinero para comprar comida, y buscaba entre la basura algo que llevarse a la boca. Junto a él había un gato, que lo miraba de reojo con desconfianza, caminando sigilosamente por alrededor pero sin acercarse demasiado. Al cabo de un rato Melchor encontró un pedazo de salchichón del bueno, debajo de un periódico, y se dispuso a darle un mordisco; pero el pobre gato al otro lado, con esos ojitos indefensos le conmovieron de tal modo, que decidió dárselo a él, que seguro tendría más hambre. Alargó la mano, pero el animal no se fiaba, tenía mucho miedo de la gente; Melchor cortó un pedazo y se lo lanzó, luego otro más cerca, y otro, hasta que el gato, dando pasitos acabo junto a Melchor y se dejó acariciar. Cuanta felicidad le invadió de repente a ver lo que acababa de hacer, abrazó al gato y se lo puso sobre el hombro y lo durmió. Apareció entonces un perro, refregando su hocico por entre los contenedores, en busca de alimento, en cuanto vio al niño y al gato intentó ladrarles, pero el sonido de sus tripas era más fuerte. Melchor le dio el pedazo de chorizo que le quedaba y el perro se colocó panza arriba en señal de agradecimiento, y lo siguió fuera del callejón dando un paseo. Al llegar a su casa Melchor los metió en seguida al baño, y les dio una charla sobre lo importante que es llevarse bien. Sentado en el sofá observaba entusiasmado como jugaban sobre la alfombra, cuando el estómago de Melchor comenzó a quejarse nuevamente; recordó entonces aquel salchichón del bueno que ni siquiera probó y rápidamente le sobrevino un terrible fastidio. Así que sin más abrió la boca mucho, mucho, mucho y se los comió, al gato, al perro, y hasta a la alfombra.

 

XII

El pequeño Melchor se enamoró de unas tijeras, juntos iban al cine y a pasear al parque, tomaban helados y se contaban chistes. Llevaban una semana juntos sin apenas separarse, pero la guerra estallo y Melchor debía partir a combatir en las fronteras; se juraron amor eterno y se prometieron en matrimonio a su regreso. La separación duró más de lo que todos esperaban, hasta varios años incluso estuvo el pequeño Melchor sujetando su bayoneta en lo alto de un puesto de vigilancia, hasta que por fin se volvieron a encontrar. Las cosas habían cambiado bastante, las tijeras estaban algo oxidadas, y con una de sus puntas rota, pero Melchor la seguía amando de todos modos. El problema era que ella se había cansado de esperar y tras conocer a un plato de porcelana se había casado, y hasta formado una familia. Típico; no hay que fiarse nunca de la fidelidad de unas tijeras.

 

XIII

El pequeño Melchor tenía un hipopótamo en la piscina, en la tienda ya no quedaban más piscinas del modelo sencillo, así que se compró la que traía hipopótamo. Estaba a punto de llegar una terrible ola de calor, y aquella era la única manera de sobrevivir sin derretirse. Se puso su bañador y se metió en el agua cuando el animal abrió la boca y lo asustó; pensando que le iba a morder, Melchor salto del agua y lo apuntó con el dedo

-       ¡Eh, tú!- le dijo con contundencia, dibujando una raya en el agua para dividirla en dos- Ésta es mi zona, y ésta la tuya, ¿de acuerdo?

El hipopótamo balanceó la cabeza; no le entendía, y miraba la raya anaranjada, dibujada sobre la superficie, lleno de sorpresa; ¿cómo lo habría hecho?

 

XIV

El pequeño Melchor no quería volver a ser tonto, así que decidió transformarse en inteligente, tan inteligente, que tenía calambres en el cerebro cuando pensaba; a veces le subían por la espalda y otras simplemente le tiraban de sus cuadradas orejas; incluso se había tenido que vendar los ojos para no ver más y no crear nuevos recuerdos. Pero daba lo mismo, porque con la punta de su nariz continuaba recogiendo información de todo lo que le rodeaba: 10011110010100101011001… Era insoportable, el pobre Melchor no paraba de guardar cálculos, dígitos, formas; y hasta comenzaba a acumular datos en otros lugares como el riñón o la rodilla, ya que se estaba quedando sin espacio; incluso tenía pesadillas de lo listo que era. Cuando el pequeño Melchor era tonto no tenía esos dolores, y se emocionaba cada vez que llovía; y coleccionaba piedras y cosas verdes, y se quedaba embobado con las torres de alta tensión, y era tan feliz, que nadie se lo creería. Definitivamente aquel cambio no había sido muy inteligente.

 

XV

El pequeño Melchor fue a un juicio como jurado, debían dictar veredicto acerca de un caso de estafa. El demandante había comprado un loro al demandado, el pajarero, a cambio de cinco monedas. Las condiciones eran que aquel loro hablaría en dos semanas, si no, le devolvería el dinero. El caso es que pasados dos meses el loro no había conseguido hablar, y el pajarero se negaba a cumplir con lo pactado. Melchor se rascaba la nuca e intentaba pensar, aunque el resto del jurado lo tenía claro.

-       No estoy seguro- dijo Melchor- ¿Cómo sabemos que el loro no habla?

Trajeron al loro para testificar, este permanecía erguido sobre su poste. Melchor se acercó y lo inspeccionó minuciosamente, hasta que concluyó con decisión.

-       ¡Este loro habla!

-       No es posible- replicó el demandante

El loro le hizo señas a Melchor y se le acercó con disimulo al oído

-       Por favor, no me delates- le dijo el loro en voz baja – quiero volver con mi antiguo dueño, éste me trata mal, y no para de repetirme la misma palabra como si fuera tonto… es humillante.

Melchor tenía un dilema: ¿Hacer justicia o ser justo?

 

XVI

El pequeño Melchor era una llave y abría todas las cosas. Era una llave maestra, por eso daba clases a las llaves pequeñas en la escuela superior de cerraduras, en el aula de quinto curso. Sus alumnos solo sabían  abrir diarios y cajitas de música, ya que aun eran muy jóvenes; pero aprendían deprisa y se aplicaban. Melchor los observaba orgulloso mientras recitaban la lección sobre “armarios y cajones de oficina”. Parecía que fuera ayer cuando él era unos de ellos, ahí, en su pupitre, leyendo a escondidas apuntes de cursos superiores como “puertas blindadas” de séptimo o “teórica del candado” de octavo curso. Melchor siempre fue un aventajado; incluso se licenció con la nota más alta, con su tesis sobre “combinaciones y cifrados mecánicos”.El timbre del recreo sonó de pronto, pero algunos alumnos se quedaban a escuchar sus historias, les gustaba que Melchor les contara acerca de los cofres de tesoros que había abierto durante sus viajes por el mundo; era casi un ídolo para muchos, y eso le satisfacía enormemente. La única tristeza para Melchor era la falta de apoyo de su familia; sus padres hubieran querido para él otro oficio con más renombre, como activador de bombas atómicas o cierre de seguridad para maletines de comisiones, solo para hacer alarde frente las vecinas envidiosas. No comprendían lo maravilloso de su oficio, y por encima de todo el buen sueldo, la plaza fija y las vacaciones, esas envidiables vacaciones…

 

XVII

El pequeño Melchor se tragó una discusión mientras bostezaba; la notó en su estomago, revolviéndose y dándose de bofetones. Desde su cabeza no podía oírla bien, pero parecía muy seria y acalorada, y por mucha agua que bebiera, no conseguía que parase. A la hora de la siesta aun continuaba, era imposible conciliar el sueño y hacer la digestión con semejante enfrentamiento; hizo el pino, dio saltos, y hasta rodó por el suelo, pero ninguna de las partes se movía de su sitio; así que tuvo una idea para sacársela. Tomó una botella vacía e introdujo un papel, en el que escribió: “el que lea esto, lleva la razón”, y se la tragó; en unos segundos la discusión se peleaba por aquella nota. Melchor, disimuladamente, se metió la mano por la boca y tapó la botella con rapidez, sacándosela  por fin. La discusión era de color ocre, cada parte formaba un humo jaspeado y brillante, que se entrelazaba al pelear; era realmente hermosa vista desde ese punto. ¿Quién sabe?, aquello podría ser el principio de una bonita colección.

 

XVIII

El pequeño Melchor quería aprender a olvidar, y buscó ayuda profesional. Descubrió una técnica infalible: Por las mañanas se debía tomar miedo, mezclado con la leche para evitar el sabor amargo, y realizar ejercicios, que consistían en taparse los ojos en frente las personas que más quería o sus de fotos, en el caso de no tenerlas delante; al mediodía tenía que saltar lo más alto posible y gritar nombres de cosas triangulares, o que cortaran, ocho veces; a la caída de la tarde, durante solo tres semanas, tomaba zumo de “mañana lo haré” y tres nueces; por la noche, justo antes de dormir, debía suspirar y reír a la vez, dándole las buenas noches a la luna. A partir del segundo día de dieta, Melchor ya había conseguido olvidar, los pasos a seguir, claro.

 

XIX

El pequeño Melchor era ecológico, su nariz biodegradable y sus manos libres de radiación; tenía un pie sin amoniaco y otro sin azúcar añadido; sus ropas estaban hechas con papel reciclado y cáñamo, compradas a través de comercio justo. Funcionaba a base de energías alternativas, y su beso no irritaba la piel, porque tenía el PH adecuado. El problema es que era tan sumamente bueno con el medio ambiente que por su culpa las gaviotas no morían ya cubiertas de aceite y, multiplicando su población, comenzaron a invadir el interior, atacando a la gente y echándolas de sus casas.

 

XX

Al pequeño Melchor se lo llevaron a otro planeta para estudiarlo, viajando en la nave espacial miraba por la ventanilla su hogar, convertido por la distancia en un simple punto luminoso. Los seres dorados observaban con interés cómo a Melchor le salían cristalitos por la nariz, algo que no estaba entre sus estudios. Tomaron una muestra del suelo y le preguntaron:

-       ¿Es esto “pena”?

-       No- dijo Melchor

-       ¿”Nostalgia”?

-       No

-       ¿”Miedo”?

-       Tampoco

-       Entonces, ¿Qué es?- Preguntaban rascándose las trompas

-       Es la sensación de ver tu hogar desde una nave espacial.

 

XXI

El pequeño Melchor no quería jugar, estaba acurrucado entre dos piedras mientras sus amigos saltaban a la comba.

-       ¡Melchor!- le gritaban- ven a jugar con nosotros

-       Dejadme en paz- respondió en tono seco

-       Pero ¿qué te pasa?- dijeron entonces yendo hacia él para abrazarlo y darle besos

-       Quiero estar solo…

Y sus amigos apenados se marcharon a jugar más lejos, para no incomodarle. Él, entre aquellas dos piedras se echó a llorar. Dos horas antes leyó en un libro de poesía que “vivir mataba”, y estaba aterrorizado, imaginando que pudiera contagiarlo.

 

XXII

El pequeño Melchor tenía una mariposa de colores, posiblemente extraviada de un largo viaje desde un hemisferio al otro. Él le traía néctar del supermercado que ella bebía agradecida. Sólo le duró dos días, porque las mariposas viven poco; pero la guardó en una cajita de cristal y la pintó con acuarela. La mariposa le sonreía por las noches y él le contaba cuentos hasta que ella se quedaba dormida. Un día una corriente de aire golpeó la cajita y la rompió contra el suelo; los cristales salieron volando por la ventana, posiblemente hacia otro hemisferio.

 

XXIII

El pequeño Melchor era de plomo, y quería viajar a los océanos. Se dejó rodar por la cuesta que llevaba a la calle principal; allí los niños jugaron a patearlo, y de una patada lo lanzaron lejos.  Llegó del golpe contra las rocas, y cayó por un precipicio.  Melchor se hundió rápidamente, y se posó en el fondo a observar los peces de colores y las medusas. Estaba tan feliz que olvidó que nunca podría salir.

 

XXIV

El pequeño Melchor era de CO2 y paseaba por la autopista detrás de un camión; a veces entraba por las ventanas de las casas en llamas, o se dejaba respirar, para ser expulsado de nuevo. Era feliz yendo de acá para allá, hasta que un día, mientras se recostaba en un cigarrillo le negaron la entrada a un restaurante, alegando que no era sano. Melchor agachó la cabeza y trató de entrar a una cafetería, pero fue imposible; todos se habían puesto de acuerdo para discriminarlo. Así que no entró a ningún sitio, y se quedo en el tubo de escape del autobús público, en el descapotable, en la chimenea de la fábrica de plásticos, en la salida de los purificadores de aire de las oficinas del banco, en la combustión de la incineradora de basuras, en las hogueras de los barrios de chabolas, en los generadores de electricidad de la constructora. Allí parecía no haber problema.

 

XXV

El pequeño Melchor pidió tres deseos: el primero fue ser más guapo, el segundo ser más listo, el tercero quedarse como estaba.

 

XXVI

Al pequeño Melchor le cosieron la boca unos malvados por decir lo que pensaba; lo raptaron en un callejón y lo metieron en una furgoneta, poniéndole una capucha y dejándolo inconsciente. Al despertar, en medio de su habitación, descubrió sus labios unidos por un punto de hilo irrompible y corrió al espejo a mirarse. Realmente estaba muy bien realizado, con puntadas limpias y en un color que incluso quedaba bien con el tono de su cara... evidentemente al pequeño Melchor no le importaba en absoluto quedarse así; ya tenía decenas, cientos, miles de bocas más, para decir lo que le viniera en gana; y sabía perfectamente que nuca existiría hilo suficiente para coserlas todas.

 

XXVII

El pequeño Melchor perdió algo, estaba seguro de haberlo dejado ahí, justo debajo; pero ya no estaba. Rebuscó por todos lados, incluso en esos lugares donde no guardaba nada, pero ni rastro de aquello. Intento volver sobre sus pasos, recordó como lo sacó de su caja, lo abrazó y le giró la manivela; después lo había dejado bocabajo encima de lo demás, mientras iba a por un vaso de agua; al regresar se lo había puesto alrededor del cuello y había salido a regar las macetas… El pequeño Melchor gesticulaba y se movía en las direcciones que había tomado, hasta que por fin, sobre el suelo del balcón, lo vio brillando. Lo recogió con cuidado y le pidió perdón; nunca más lo volvería a sacar de su caja.

 

XXVIII

Al pequeño Melchor le dieron diez minutos para decidir. Lo hizo en solo dos, y se quedo con el resto para desear.

 

XXIX

El pequeño Melchor quería ir a la escuela como los demás seres de su edad, así que se acercó a la más cercana y solicitó un pupitre. Pero allí no le dejaban llevar sus pantalones de rayas, porque decían que no era bueno para su integración; así que fue sin ellos, y en su primer día de clase todos se rieron de él, y no volvió más. 

 

XXX

El pequeño Melchor era de paja, y servia para asustar a los gorriones que se acercaban a picotear la cosecha de trigo. Tenía un trato con ellos: no se comerían ningún grano, y a cambio él les daría un poco de su relleno para que construyeran sus nidos. Al cabo del tiempo Melchor estaba flaco, y apenas se tenían en pie; al parecer todos los gorriones que pasaban por los alrededores se aprovechaban de la bondad de Melchor, pidiéndole un poco de paja; y como los gorriones son todos iguales, nunca sabía a quién le había dado algo antes y a quién no. Decidió no dar más, se acabó el ser tan generoso; pero recibió una visita que le ablandó el corazón: un papá gorrión, viudo y con dos polluelos, le pidió entre lágrimas algo de ayuda; sin vacilar Melchor le dio lo poco que le quedaba en un brazo. Tras esto, una niña gorrión, huerfanita y coja, lo miró con desesperación y pió tosiendo; eso le costó toda la paja del otro brazo. Y así, en pocas horas Melchor quedó vacío y arrugado, hecho una pelota de tela en el suelo, pero con la sensación de haber hecho lo correcto. Solo se apenaba de no poder cuidar más de la cosecha, aunque daba lo mismo, ya no quedaba ni un solo grano de trigo; se lo habían estado comiendo a sus espaldas desde hacía meses.

 

XXXI

El pequeño Melchor se hizo una casa en la cima del volcán; fue advertido repetidas veces, pero a él le entró por un oído y le salió por el otro. Al cabo del tiempo el volcán despertó y entró en erupción; todas las casas de abajo miraban hacia arriba, pensando que Melchor les daría la razón; pero él era tan cabezota que incluso cuando bajaba flotando con su casa, empujado por el río de lava decía:

-       No me gusta estar tan alto, me voy a mudar mejor por aquí…-Y mirando al volcán gritaba- Gracias por moverme la casa…por aquí…muy bien…

 

XXXII

El pequeño Melchor dejó de respirar, para ver cuanto aguantaba: un minuto con veinte segundos; después dejó de parpadear: aguantó cuatro minutos con tres segundos. Probó a detener su corazón: doce segundos; y a no hacer ruido al pensar: tres minutos. Intentó entonces no sentir: no duró vivo ni medio segundo

        

XXXIII

El pequeño Melchor hizo una fiesta e invitó a todas las cosas que amaba. Preparó bocadillos para cada una, rellenos con sus ingredientes favoritos, y refrescos de todos los colores. Lo había organizado minuciosamente para que fuera perfecto, programando actividades y juegos, siguiendo una estricta planificación. Después de comer tocaba jugar a la petanca, pero uno de los invitados se había atragantado con un pedazo de fruta, y mientras le auxiliaban provocaron un retraso de más de ocho minutos en la agenda prevista, así que Melchor los restó del siguiente juego, haciendo parar a todos en medio de la partida y correr hacia la sala para jugar a las sillas; pero algunos invitados no habían tenido tiempo de lanzas su bola, así que por justicia les dejó seguir. Aquello aumentó el retraso en casi diecisiete minutos; debían darse prisa. Melchor apenas dejó la música sonar, la paraba constantemente, acelerando la resolución de la partida y estresando a sus invitados. Repentinamente un espontáneo comenzó a contar chistes; todos aplaudían y se reían a carcajadas, menos Melchor, que se mordía las uñas revisando los papeles con el programa, viendo que aun quedaban por recuperar casi cincuenta y dos minutos. Intentaba calcula que actividad podría suprimir, cuando descubrieron la piñata colgada de un árbol del jardín y fueron corriendo a verla, y a sortear quien debía de vendarse los ojos. Melchor estaba desesperado, aquello debía ir después del escondite, justo antes del parchís, pero no sabía que decir, y se quedó solo en la sala, viendo a sus invitados hacer un corro y cantando mientas él se daba de coscorrones. Al acabar la fiesta, cuando todos se marchaban a casa, Melchor pedía perdón por el desastre, aunque nadie comprendía sus palabras, de hecho; el único que se lo había pasado mal era él.

 

XXXIV

El pequeño Melchor era los planos de un asombroso edificio; era tan complicado y tenía tantos cálculos y líneas que necesitaba treinta arquitectos para interpretarlo. Iba a ser la obra más importante de la ciudad, albergando oficinas, apartamentos de lujo, dos teatros, una pastelería, un parque de atracciones y una galería de arte. De vez en cuando paseaba por las obras para que todos lo vieran, y jugaba con las palas y las carretillas; le tenían dicho que no lo hiciera, porque si iba a manchar y a estropear. Pero Melchor era muy travieso y le encantaba planear desde lo más alto construido y deslizarse en el aire hasta el suelo. Hasta que un fatídico día, jugando al escondite, se metió dentro de la hormigonera y se hizo pedazos. Tan solo sobrevivió el trocito que contenía las oficinas y apartamentos; por eso no construyeron nada de lo demás… 

 

XXXV

El pequeño Melchor era un cable, y transportaba información de un lado a otro del mundo; era muy veloz, casi tanto como la luz. Un día debía enviar un mensaje importante al otro lado del continente: “las hojas de la acacia duermen bajo el frío tambor”; no tenía sentido, era una estupidez de frase, pero debía hacer su trabajo, así que se puso en marcha. Por el camino se encontró a un amigo y se detuvo para preguntarle qué podría significar aquello. Su amigo sonrió y le dio las gracias; Melchor no se enteraba de nada. La operación militar fue abortada, por supuesto, debido a filtraciones desconocidas

XXXVI

El pequeño Melchor naufragó en una isla en medio del océano y necesitaba hallar algún modo de dar una señal y llamar la atención de los barcos que pasaban, y que no le hacían caso, porque tenían prisa en entregar sus mercancías. Hizo una montaña de piedras y se subió a agitar los brazos sin resultado; hasta los helicópteros que le sobrevolaban estaban demasiado ocupados filmando delfines para un documental; así que se construyó una balsa con hojas de palmera y se hizo a la mar. Pasada toda una noche alcanzó una costa cercana, la policía lo intercepto y lo llevó a la orilla y le dio sopa y una mantita. Después lo introdujeron en un autobús y le dieron un paseo mientras le explicaban el paisaje y los monumentos, hasta llegar a un aeropuerto; allí le hicieron tomar un avión, donde las azafatas le ofrecían agua, anacardos y chocolatinas, y le daban masajes en los pies. Al aterrizar abrieron la puerta y lanzaron una pelota, para que Melchor corriera a buscarla; así lo hizo, pero cuando regresó el avión había partido. Se encontraba de vuelta en la isla.

XXXVII

El pequeño Melchor era un animal domestico, no se sabia muy bien cual, ni si volaba o si sabía ponerse a dos patas y dar vueltas; no podía decirse que tuviera pico o morro, o plumas o pelo o escamas. El pequeño Melchor poseía más bien una “actitud”: le gustaba ir a por el periódico, arañar los cojines, lamer los pomos de las puertas y comer en el suelo. Incluso sabia hablar utilizando monosílabos y aullar cuando estaba triste. Su dueño lo llevó al circo, para ver si de su talento se podía sacar provecho; le hicieron una prueba y asombrados dieron parte a las autoridades científicas por el hallazgo de tan maravillosa criatura, no por el pequeño Melchor, sino por su dueño: El primer oso polar, que tenía a un niño de mascota.

XXXVIII

Al pequeño Melchor se le escapó el espíritu para hacer unos recados, le dejó muerto en medio del parque, pero con una nota “vuelvo en cinco minutos” pegada en la frente. Una señora que paseaba lo descubrió y chillo tan fuerte que pronto se formo un corro alrededor del cadáver de Melchor. Los servicios funerarios se apresuraron a recogerlo para darle sepultura, junto a un olmo, orientado hacía el oeste, tal y como dictaba su testamento. El espíritu de Melchor regresó y no lo encontró, y se quedó dando vueltas pensando dónde podría encontrarse su cuerpo. Entonces vio a lo lejos un funeral y se acercó; estaban a punto de enterrarlo. Pero antes de entrar de nuevo por su oreja y resucitarse, se detuvo a curiosear el público asistente; al fin y al cabo no siempre se tiene esa oportunidad… Después les dio a todos un tremendo susto al levantarse.

XXXIX

El pequeño Melchor era una botella de vino tinto, llevaba años en una bodega, esperando y esperando que los años pasaran para convertirse en reserva especial; pero él estaba deseando salir y no tenía paciencia. Varia veces los bodegueros tuvieron que recogerlo del suelo porque había tratado de escapar rodando; hasta que un día Melchor fue más rápido y consiguió llegar hasta la cadena de etiquetado, confundiéndose entre las demás botellas. Entonces le pusieron su distintivo de calidad y lo sacaron a la venta. Un prestigioso restaurante lo adquirió para una cena de gala, y lo sirvió con delicadeza en una preciosas copas; pero al probarlo, los comensales lo escupieron rápidamente, haciendo aspavientos. El pobre Melchor tenía tantos nervios que se había echo pis encima y se había avinagrado

XL

El pequeño Melchor era una columna, y sostenía el pórtico de una iglesia muy antigua; se repartía el peso con otras tres, colocando el techo y la bóveda encima de sus hombros. Tras el paso de los años la estructura había empezado a agrietarse, y pronto dos de sus compañeras se desmoronaron. El alcalde les prometió puntales de acero y una restauración; Melchor se sentía aliviado, viendo que al menos alguien se preocupaba por su estado. Pero las reparaciones nunca llegaron, y agotada, la columna de su lado cedió del todo, dejándole toda la carga. Melchor no aguantó demasiado, solo unos días, lo justo para tener la ocasión y derrumbarse encima del alcalde.

XLI

El pequeño Melchor era una medicina y curaba los resfriados y el olor de pies. Tenía efectos secundarios, alargaba las uñas y las pestañas, provocaba mareos y astillaba los huesos. Solo podía tomarse en casos extremos, bajo prescripción médica. Pero las señoras comenzaron a recomendárselo las unas a las otras cuando se cruzaban por el mercado, y claro, todas terminaron ingresadas de urgencia, con Melchoritis.

XLII

El pequeño Melchor era un invento revolucionario y servia para todo, absolutamente todo; con él en casa las tareas se convertían en un juego, las obligaciones en pasatiempos, los pasatiempos en juegos. Funcionaba con vapor de agua y apenas consumía a la hora de actividad; procesaba textos y alimentos a la misma velocidad con la que dibujaba holografías y cortaba el patrón de un vestido. Su patente costaba millones de millones, y la competencia saco al mercado una copia muchísimo más barata, que apenas hacia la mitad de Melchor. Desde su televisor incorporado podía ver los anuncios de aquel producto, y se reía imaginándose quién seria tan tonto como para comprarlo; él era perfecto… Pero contra una carcasa de color blanco, con las puntas redondeadas y ese tacto tan suave no se podía luchar; eso por no hablar del precio.

XLIII

El pequeño Melchor se puso del revés, y es oid nu oesap rop la daduic; sodot ol nabarim noc azeñartxe, omoc is ogal on areivutse neib:

-       rohcleM, rohcleM…- el norejid- ¿Éuq et ah odasap?

-       Em eh otseup led séver- ojid noc anu asirnos- olos arap rev euq asap.

Y omoc on abasap adna laicepse, le oñeuqep Rohclem es osup ohcered ed oveun, y decidió que aquello no servía para nada.

 

XLIV

El pequeño Melchor tenía una espina clavada en la frente; cuando se la quitó, buscó a su dueño para devolvérsela. Le preguntó al Rosal y a la Zarzamora, pero no les faltaba ninguna; le pregunto al Erizo y al Puercoespín, pero tampoco la echaban en falta. Buscó al Mosquito, a la Avispa y al Abejorro... pero nadie la había perdido. Cansado de buscar le preguntó a la espina:

-       ¿De dónde has salido?

-       No lo sé-  contestó- Viajaba en una palabra y me choqué  con tu cabeza.

XLV

El pequeño Melchor era una onda, y vivía en el surco de un disco de vinilo. Cada vez que la aguja de diamante le pasaba por encima el se quejaba dando un agudo; estaba harto de que lo maltrataran continuamente, así que salio volando y se marchó buscando otro soporte. En los CD se quemaba con el láser, en las cintas de casete se sentía demasiado solo, y las nuevas tecnologías no lo acogían con el cariño que se merecía. Desesperado se escondió a pensar dentro de la cuerda segunda de un violín viejo y se echo a dormir. Entre sueños oyó voces a su lado, al parecer una niña trataba de hacer sonar el instrumento, acariciando a Melchor con un arco; sintió entonces unas cosquillas tan grandes que se puso a cantar como poseído, cada vez más deprisa; tenía la sensación de haber hallado por fin su hogar, el lugar donde podía vibrar con libertad. De repente la niña dejo de tocarlo y metió el violín en una caja de cartón con más objetos, cerrándola con cinta de embalaje. Unos señores llegaron en el acto y se llevaron todo. El pequeño Melchor se quedo rebotando entre las paredes de la habitación vacía, deseando regresar cuanto antes a su vinilo; el pinchazo de la aguja apenas era doloroso comparado con el dolor que sentía entonces.

 

XLVI

El pequeño Melchor tenía tanto que hacer que se multiplicó para dar abasto, por cuatro; el primero fue a la compra, el segundo se ha hacer la colada, el tercero se dedicó a reparar el tejado, y el cuarto se echo a dormir bajo un sicómoro, porque soñar también estaba entre las tareas a realizar. Cuando concluyeron hicieron balance antes de se unirse, pero casi todos traían malas noticias; la compra estaba incompleta, la ropa tendida pero sucia, el tejado lleno de grietas aun, y pesadillas horribles que nunca recordar. Los Melchores no lo comprendían, habían dividido en vez de multiplicar, así que cada uno hizo solamente una cuarta parte de su tarea.

XLVII

El pequeño Melchor perseguía a una mosca mientras canturreaba; la siguió hasta la ventana y la vio golpearse repetidas veces contra el cristal. Melchor comenzó a reírse de ella por tonta, hasta que de tanto golpear, la mosca atravesó mágicamente la ventana, dejando a Melchor con la boca tan abierta que le entro otra mosca.

 

XLVIII

El pequeño Melchor mentía siempre que podía, era como una afición más que una manía. Mentía sobre su nombre, sobre la ubicación de su planeta, sobre lo que había desayunado, y hasta sobre el pronóstico del tiempo. Mentía tan bien que nadie dudaba de su palabra y lo consideraban como una fuente de sabiduría, cosa que abrumaba a Melchor, que en realidad estaba deseando que lo pillaran, porque las mentiras deben ser mentiras, ya que sino no tienen gracia. Comenzó a mentir sobre cosas más serias, catástrofes naturales, aventuras que no le habían sucedido nunca, y sucesos sobrenaturales. Así que aburrido, decidió no insistir más y decir la verdad; confesó a todos lo que había estado haciendo, dando un largo discurso, en el que se arrepintió y casi se le saltaron las lágrimas; cuando concluyó se formo un silencio incomodo, hasta que de repente se echaron a reír.

-       Que gracioso eres, Melchor- dijeron todos- casi nos lo creemos… mientes muy mal.

XLIX

Al pequeño Melchor le daban mucho miedo las esquinas. Cada vez que veía una a lo lejos, le daban escalofríos y mareos pensando que, al doblarla, desaparecería el camino por donde había venido. Cuando se aproximaba a un cruce de calles, miraba al suelo y se mordía los labios, para luego correr asustado a resguardarse en el primer portal que hubiera. Tanta fobia tenía, que sólo podía caminar en línea recta, y comprar en las tiendas de su acera, lo que era un problema, porque las cosas estaban mucho más caras que en los demás comercios del barrio.  Decidió que no podía seguir así, e ideó una manera de enfrentarse y deshacerse de una vez ese absurdo comportamiento; consistía primero en caminar cautelosamente hacia la esquina más cercana, colocarse con decisión frente a esta y darse un coscorrón, así con todas las que encontraba. Pronto consiguió quitarse el miedo, por fin caminaba tranquilo por toda la ciudad. Pero le salió un enorme chichón; y a Melchor se le quitaron las ganas de salir de su casa.

L

El pequeño Melchor paseaba por la feria de la Comarca cuando vio un enorme castillo inflable y se apresuró a observarlo de cerca; tenía cuatro almenas azules y un muro violeta; en su interior los niños saltaban, rebotaban y hacían piruetas. Melchor quería subirse también, y disfrutar como aquellos niños, pero no tenía dinero; así que le pedía a  la gente que pasaba:

-       Por favor, denme una moneda, que si no, no puedo subir al castillo, y tengo muchas ganas de saltar...

Se puso tan pesado, que al final, una pareja de ancianos le compraron la entrada.

-       ¡Gracias, gracias, ahora ya puedo rebotar...!

Gritando de felicidad entró,  quitándose  los zapatos primero, y corrió hacia el interior;  se paró y observó a su alrededor a los niños saltarines, y pensó: 

-       Y ahora, ¿qué se supone que debo hacer?...

Y se sintió tan estúpido, que bajó corriendo, se puso los zapatos de nuevo y pidió que le devolvieran el dinero.

 

LI

Al pequeño Melchor se le perdió un ojo mientras lo sacaba de paseo. Cerró el ojo que le quedaba, pero lo veía todo negro, y eso no parecía buena señal.  En realidad se le había caído a un bolsillo, pero él no lo sabía, y pensó que alguien lo había pisado. Asustado buscó por debajo de los matorrales, y por entre los setos que bordeaban la calle. Como no lo encontró, volvió a su casa y se sentó entristecido, y comenzó a llorar de impotencia por haberlo perdido; cuando notó que tenía los pantalones empapados y entonces se dio cuenta de lo que había pasado.

 

LII

Al pequeño Melchor se le antojó comerse una mesa; tenía ganas de hacer algo distinto, así que escogió una de madera pequeña, para no indigestarse. La hizo pedacitos y la cocinó con cariño, y poca sal; se sentó en el suelo y se  la comió mientras veía  la tele. Pasada una semana notó que su barriga echaba raíces; como la mesa era de roble, le acabaron saliendo bellotas por las orejas.

LIII

El pequeño Melchor era un casco de obrero. Un día le cayó un ladrillo y perdió la memoria. Sólo recordaba que era  algo útil, e intentó encontrar su utilidad. Probó ser un vaso, pero era muy grande;  lo intentó de ensaladera, pero cuando se apoyaba en la mesa se caía. Pensó ser el casco de un obrero, pero era demasiado frágil... Para que diablos serviría. Un hombre que pasó por su lado lo cogió y le echó tierra dentro, con un bulbo de Tulipán. Claro, ¿cómo podía haberlo olvidado? Melchor era una maceta.

 

 

Y El pequeño Melchor se rompió de tanto tanto tanto imaginar